Antes de empezar
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Olvidar lo aprendido, por Juana Riepenhausen
No hay nada más auténtico, y por consecuencia incómodo, que el deseo. No necesito hacer el esfuerzo para convencerme de esto. Me alcanza con observar las cosas que he querido hacer o decir, las personas que me han llamado la atención, la música que aún hoy me pone la piel de gallina. Ahí encuentro algo preciado, absoluto, una conexión con algo propio que no se despertó con esas cosas que me empujé a hacer, esa gente con la que salí porque según mis amigas era un buen partido, o la música que hice el esfuerzo de apreciar porque mi papá decía que sonaba bien. Lo que quiero dice más de mí de lo que me animo a reconocer, y me define más que todas las etiquetas que fui recolectando a lo largo de los años. Pero reconocer ese deseo, hacerle un lugar y escucharlo, no es siempre fácil.
Sé que esta historia es de todo menos única. Sé que hay incontables ensayos modernos sobre el efecto de vivir rodeados de opiniones absolutas, observaciones que explican cómo el alma pierde el norte cuando hay tantas personas apuntando hacia lugares distintos. Pero a mí no me interesa problematizar lo que ya es un problema. Tampoco busco dar soluciones tan absolutas como esas opiniones de las que estoy intentando despegarme. Mi propia escritura tuvo que recalibrar su brújula después de existir en el ojo público por tanto tiempo, expuesta a escenarios ajenos, y hoy soy cuidadosa en lo que busco hacer en la hoja. Mi deseo auténtico, ese que no está contaminado por mi vergüenza o mi miedo, me lleva a escribir historias. El relato es mi norte.
Este relato empieza como empiezan muchos otros, en un año indeterminado de una infancia ya lejana. Empieza como empiezan los relatos de muchos escritores, con un libro sostenido con dos manos, siendo devorado con urgencia. El contexto es un par de padres que se quejan con una sonrisa de que les salgo demasiado cara porque los libros no me duran, y una abuela que alimenta el vicio y me compra libros para chicos más grandes que yo. En el comienzo hay cosas que no entiendo, conceptos que me son ajenos. No tengo noción de que hay gente que usa la lectura como muleta para sentirse mejor consigo misma y ganar en competencias imaginarias con los demás. No puedo entender que eso que a mí me fascina puede ser un castigo para otros. Por eso, cuando le cuento a un nene que recién conozco que leo desde que tengo cinco años, no entiendo de dónde sale su insulto. Por eso me cuesta descifrar por qué hay chicas más grandes que yo que me ven leyendo debajo de un árbol mientras los demás juegan en la pileta y vienen a preguntarme, riéndose, qué me pasa. Existo en una infancia feliz, a una edad indeterminada, y no entiendo por qué mi gusto por la lectura puede generar reacciones extrañas en los demás.
Este relato salta rápido a través de los años. De a poco aprendo lo que antes se me escapaba y dejo de decir cuántos libros leí en el último año porque ahora entiendo que a la mitad de la gente no le importa y a la otra mitad le da risa o bronca. Pero todavía se me escapan algunas cosas, cosas que pasarán a marcarme en los años que siguen pero todavía existen muy lejos de mi alcance. No tengo idea de qué es la literatura comercial o la ficción literaria y por qué una tiene peor reputación que la otra. Me gusta leer a Stephen King porque mi papá tiene todos sus libros y no tengo que salir a comprarlos. Me gustan sus historias porque hablan de cosas importantes sin aburrirme. Sé que hay personas que leen a otros escritores y lo anuncian en voz alta, pero no termino de entender por qué. Por qué hay nombres que son palabra santa y otros que uno solo dice entre susurros. Esos años que pasé sola leyendo debajo de un árbol me instalaron una vergüenza que me impide sacar los libros de mi casa y leer adelante de extraños, pero no se me ocurre sentir pudor u orgullo por los títulos concretos que leo. Existo en una adolescencia típicamente incómoda, y no entiendo que existe un grupo de gente que no solo acepta sino que venera la lectura pero solo en algunos casos, y que disfruta de burlarse de los gustos de otros como esas chicas grandes disfrutaban reírse de una nena que leía debajo de un árbol.
El relato hace un salto mesurado. Pasan algunos años pero no tantos. Hace tiempo que soy oficialmente mayor de edad y esta vez tengo una amiga que me acompaña en la lectura, pero el gusto se sigue escondiendo. Ahora sí entiendo que hay autores y Autores y que solo los últimos pueden nombrarse en voz alta. Entiendo, sobre todo, que mi última pasión literaria no puede mencionársele a nadie, excepto a esa amiga que me acompaña en ella. Nos pasamos las noches en vela, con las caras pegadas a un celular caliente enchufado a su cargador, pasando con el pulgar las páginas de una historia escrita por una adolescente en la cual los protagonistas son hombres famosos que nosotras soñamos conocer. Siento en el cuerpo el anhelo de un amor que no se concreta, o el dolor de una ruptura precoz, aunque en mi vida concreta no esté pasando nada. Le escribo a mi amiga para preguntarle por qué parte va, nos compartimos nuestras frases favoritas, escribimos gritos en mayúscula cuando uno de los personajes revela sus sentimientos por primera vez. Por primera vez, pienso en escribir mi propia historia.
Pasa una eternidad entre ese capítulo y el siguiente, aunque en el mundo real solo hayan transcurrido un puñado de años. Las historias que atravesaron mi vida concreta tuvieron giros complejos y personajes inentendibles. No tuve tiempo para perderme entre páginas, hasta que encuentro el libro que mi papá me regaló cuando terminé de estudiar, de una autora que no conozco. Está en inglés, el idioma que ahora me dedico a enseñar, pero a pesar de entender lo que dicen las palabras, me cuesta seguirle el ritmo a la historia. No está escrita como los libros que estoy acostumbrada a leer. Lo que no sé, en ese momento, es que la escritura tiene una forma que puede romperse, que la manera de contar historias puede ser tan fascinante como la historia en sí. Una tarde, sentada bajo un árbol como cuando era niña, me adentro en un diálogo que se extiende por páginas y páginas. Me atraviesa un sentimiento nuevo, virginal, que en la década siguiente perseguiré hasta el cansancio: la certeza de que estos personajes existen, y yo puedo entenderlos y sentirme profundamente conectada a ellos. Me sorprende descubrir que aún me queda mucho por aprender en este mundo, que a pesar de amar la lectura desde que tengo cinco años y haber pasado más horas perdida adentro de un libro que haciendo cualquier otra cosa, todavía hay nuevas puertas que abrir y profundidades que descubrir.
El relato le da paso ahora a la parte de mi historia que la mayoría de mis lectores conoce. Dejo mi país, renuncio a mi trabajo seis días antes de que se decrete una pandemia, empiezo a hablar sobre escritura porque de algo tengo que vivir y si no hay vacantes en el mundo, me toca hacerme la mía. Construyo un espacio que al principio no tiene nombre, cobro por hablar de todo eso que aprendí leyendo en los años que le siguieron a esa tarde en la que un diálogo de muchas páginas me cambió la vida. Estudio a mis autores favoritos para que otras personas aprendan de ellos, incluso aquellos que hacía décadas no revisitaba. Doy recomendaciones, organizo clubes de lectura, llevo una lista organizada de cuántos libros leo por semana, por mes, por año. Paso mucho tiempo sola porque así se pasa esa época, a la distancia y en el aislamiento, y las páginas de los libros son la única forma que encuentro de conectar con el mundo que nunca imaginé que podía extrañar: ese en el que pasan cosas, ese en el que tenemos más historias propias que leídas. Cuando el peligro amaina o nos pasa a parecer menos peligroso, salgo de mi casa y conozco personas nuevas. Trabajo para una librería independiente y me lleno de recomendaciones prestigiosas. Me sorprendo a mí misma cuando me analizo y descubro lo serio que se volvió mi pasatiempo. Me alegra que así sea porque me hace sentirme una persona que sabe para dónde está yendo, aunque la mayoría del tiempo esté tan confundida como esa nena que leía debajo de los árboles. Todavía no sé, pero me falta poco para aprenderlo, que todo lo que estoy ganando está siendo pagado con creces, que cuanto más en serio me tomo a los libros, más me alejo de un disfrute que siempre di por sentado.
La historia nos encuentra hoy, seis años después de esa reinvención de urgencia que me ayudó a entrar en el mundo de las palabras, toda una década después de esa tarde en la que leí un diálogo de muchas páginas debajo de un árbol frente al río. No aprendí mucho en estos últimos meses, todo lo contrario. Mis últimos esfuerzos han girado en torno a olvidar eso que me pasé años intentando entender. Olvidar que hay autores y Autores, olvidar la lógica de cómo se escribe un libro. Encaro con devoción la tarea porque lo necesito, porque entre tantos aprendizajes me olvidé de cómo disfrutar la lectura, y por consecuencia me olvidé de cómo disfrutar ser quien soy. Voy una vez por semana a la biblioteca, el templo salvador que hizo este retorno al centro posible. Me llevo libros que me recomendaron, libros que tienen tapas coloridas, libros que siempre me dieron curiosidad. Tengo un tiempo limitado para leerlos antes de que vuelvan a esas estanterías que no me pertenecen. A veces los devoro en tres días, a veces los devuelvo sin siquiera haberlos abierto. Voy descubriendo qué es lo que realmente me interesa y me atrapa y qué es un deber que no me interesa cumplir. Voy descubriendo, sobre todo, que hay solo tres autoras cuyos libros quiero comprar y tener siempre conmigo. El resto del tiempo, me permito perderme entre páginas de nombres que no conozco y escucho la sinceridad absoluta de mi propio deseo. Este título famoso que todo el mundo venera me aburre, este escritor banal que genera risas entre la elite lectora me mantiene despierta hasta entrada la madrugada. No me cuestiono aquello que es obvio. Si quiero seguir leyendo, lo sigo haciendo. Si no logro conectar con una historia, es porque no es para mí. Me desprendo de ese conocimiento literario que por tanto tiempo perseguí con insistencia y dejo que las palabras me enseñen como siempre lo hicieron: por ósmosis, indirectamente, modificando sutilmente mis ideas hasta convertirme en alguien que sabe cómo contar una historia aunque no sepa qué es lo que sabe.
Ya no anuncio los títulos que leo por fuera de los espacios que comparto con mis alumnos. Cuando dejo de preguntarme qué dice de mí lo que disfruto, descubro que hay espacio para una claridad que por mucho tiempo extrañé. No hay nada más auténtico, y por consecuencia incómodo, que lo mi deseo marca cuando me siento frente a un libro. Lo estoy aprendiendo con cada título que me llevo de la biblioteca. Sé con certeza qué historia despierta algo en mí que hasta entonces estuvo dormido y sé cuáles se me escapan. Algunos nombres respetados me fascinan, otros me aburren. No siento vergüenza ni orgullo por ninguno, porque entiendo que al fin y al cabo mis gustos no significan nada. No dicen quién soy como persona, ni pueden anticipar cuán bien o mal escribo, ni hablan de la profundidad mi intelecto. Solo marcan cuán feliz soy cuando sostengo un libro en mis manos, algo de profunda importancia para mí y nadie más.
Juana Riepenhausen, o Juana.txt, es la autora del libro Tu amiga, la escritura y la directora de la escuela online de escritura Todo Nuestro, Todo Suyo. En Borrador es su espacio de exploración.
Técnica mixta, por Luján M. Vidal
Lo que le dio la pauta fue un retrogusto amargo en la boca del esófago y una languidez general. Hasta el momento solo había ingerido un café, un roll de canela, unas cuantas zanahorias con hummus, unas papas fritas de paquete, un puñado de uvas y una mandarina. El reloj marcó las 18:30 horas. ¿Tan rápido se le había pasado el día? Sopesó sus opciones. Contaba con ingredientes para resolver algo sencillo con pollo y pasta, quizá también brócoli. Entonces recordó que podía tentar la suerte con el freezer. Lo abrió escépticamente para encontrar una empanada de carne cortada a cuchillo y una bolsa de hash browns. Encendió el horno a 200 grados e introdujo una fuente con sus hallazgos, sin esperar que caliente. Se armó un cigarrillo y se sentó en el patio trasero a esperar los treinta minutos que la separaban de su almuerzo tardío (o cena temprana). Seguro se serviría otro tentempié antes de que terminase el día. Quizá yogur con frutas y granola con chocolate. Ojalá algo de fruta y no solo chocolate.
Seguía reflexionando sobre esa mañana. No daba abasto para enumerar donde se habían posado sus ojos. Campos enteros de campanitas violáceas. Mariposas verde fluorescente y color madera, con patrones de ojos en las alas. Cottages con caballos. Cráteres donde explotaron bombas hace muchos años, una cruz blanca enorme en la pradera, de cara al pueblo. El chirrido de la alarma del horno la despertó del ensueño.
Se incorporó para emplatar el alimento. Una empanada, dos bocados de papa, un montoncito de ketchup para “levantar”. Estaba a punto de comenzar a culparse por la falta de vegetales en su dieta cuando, finalmente, apareció. Todo lo vivido esa semana se condensó en un chispazo. Quería eternizar ese bosque en colores. Atesorarlo. Recordó fugazmente la culpa por no pintar, por scrollear, por dormir la siesta, por posponer la alarma del reloj toda la semana. Tanta ansiedad por expeditar la creación. No funcionaba así.
Para sorpresa de nadie, la comida se le enfrío. Ahora la acometían otros menesteres. Buceaba en sus recuerdos recientes. La forma en la que el paisaje urbano se había transformado en verdor absoluto desde el tren. El vestido de lino rosa de su amiga, sucio en el ruedo de arrastrarlo entre las flores. La luz punzante del mediodía oculta tras los árboles, sombra imprescindible, claroscuro en la hierba. El picnic improvisado con lo que habían podido rescatar del mercado de la estación. La extasiante vista desde la cima: caballos, casonas centenarias mantenidas con esmero, techos en punta que otrora supieron ser molinos. Le pareció casi un truco de magia recordarlo así de nuevo, como si le estuviese atravesando el cuerpo.
Subió las escaleras y buscó las hojas canson blancas, pinceles y lápices, atados entre sí con una banda elástica. Los arrojó en la mesa de la cocina con vehemencia, como si intentase despertarlos de su letargo. Entonces, una brocha mediana de cerdas cónicas cayó sobre la comida que aún la aguardaba en el plato. La punta peluda, incrustada insolentemente en el montículo de ketchup, desencadenó en ella una risa embriagadora. Con la mano izquierda se dispuso a devorar su cena, ya a temperatura ambiente, mientras con la derecha inspeccionaba el pincel embebido de rojo Heinz. Sin saber por qué, lo deslizó sobre la hoja en blanco. Apenas tocó el papel, el trazo cobró sentido. Rememoró el paisaje desde la calidez de un sol de tomate procesado. Se entusiasmó. Buscó más dirección en la heladera: mermelada de frutos rojos, mostaza inglesa, salsa barbacoa, pickles de remolacha. Gradientes de púrpuras y verdes dieron vida a las bases de los árboles, cubiertas de musgo y flores. La alacena le ofreció tierra de salsa de soja y chocolate. Las cáscaras de cebolla secas del cajón de verdura se anexaron con engrudo de harina y agua, imitando la textura de las hojas secas. Hasta la parrilla del parque aportó un carbón para plasmar sombras azabache. Se dejó guiar por la cocina, incluso por el descarte, hasta completar su obra. Recién con la primera luz del alba se metió en la ducha. A fuerza de esponja borró de su piel las manchas de tinturas naturales, que insistían en quedarse. Luego se acostó y se tapó hasta la cabeza. Odiaba dormir con el sol en la cara.
Al día siguiente, amaneció muerta de hambre. Al dirigirse a la cocina, no encontró ni un recurso en la alacena o la heladera para procurarse el alimento. Su arsenal gastronómico la observaba desde un cuadro aún en proceso de secado. Aún dormida, esbozó un título: “LO QUE HAY - Técnica Mixta”. Río en voz alta y cruzó hasta la panadería a comprar media docena de medialunas.
Luján M. Vidal escribe ensayos y ficción gastronómica en comer.viajar.hablar mientras trabaja como chef nómade. Desde 2023 se dedica a revalorizar el saber ancestral femenino desde la cocina.
Tres invitaciones
🪩 En La Ronda siempre hay lugar para vos!
En mayo se repite un nuevo ciclo intensivo, a través del cual vamos a trabajar técnicas, estudiar contenidos y sobre todo, escribir eso que solo nosotros podemos escribir
📌 ¿Qué puedo esperar? Clases dinámicas, un club de lectura, sesiones de estudio y análisis, mentorías circulares, encuentros lúdicos y oportunidades para pulir, editar y compartir un texto entendido.
📌 ¿Por qué es intensivo? Porque ciclo se extenderá durante 12 semanas los días:
Martes a las 15:00hs ARG - 19:00hs UK - comenzando el 12 de mayo
Sábados a las 10:00hs ARG - 14:00hs UK - comenzando el 16 de mayo
🪩 Te traemos, después de mucho planear y soñar, La Ronda de Mamis!
Te esperamos el 18 de abril en un espacio de reconexión con la escritura, para volver a encontrarnos con nosotras mismas a través del lápiz y el papel.
Esto es para vos si…
🌻 Buscás reconectar con el placer de escribir
🌻 Necesitás reencontrarte con vos misma
🌻 Querés escribirles historias a tus hijos
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Absolutamente todas las muchachas con una página de Instagram y un newsletter ofrecen mentorías en este momento y entiendo que la saturación hace que elegir una opción se haga imposible. Mis espacios 1:1 se caracterizan por tener un foco en la escritura narrativa y trabajar procesos lentos que buscan fortalecer las habilidades de los escritores con los que trabajo. Si querés explorar un proyecto extendido enfocándote en trabajar la calidad de tu trabajo escrito, quizás te interese averiguar más sobre Mano a Mano. Agendá una mini reunión gratuita para conocer el espacio!
Carta de la editora
Este es el año en el que menos he escrito. No tengo forma de contabilizarlo, o al menos no tengo las ganas que se necesitan para hacer el cálculo correspondiente, pero puedo adivinar que los números no están de mi lado. La vida está muy llena, le explico a esas amigas que me preguntan cómo estoy. No sé en qué se me van los días pero sé que pasan sin un contacto con la hoja. Sé, también, que no tengo tanto para decir, que después de seis años he llegado a encontrarme con un momento que nunca pensé que llegaría, aquel en el que pienso que quizás ya he escrito todo lo que tenía adentro.
Por eso, quizás, lo que logro sacar me importa tanto. Cada jueves que puedo sentarme y poner algunas ideas en palabras se establece como el momento más importante de la semana. Cada vez que pienso en un texto temático como el que compuse más arriba, siento el orgullo del triunfo. Escribo poco pero escribo en serio, en profundidad, casi no edito porque descubro que todas las palabras son reales y sentidas. Como tengo poco tiempo priorizo lo que realmente quiero transmitir. Ya no uso mis ensayos como un cartel de protesta, una carta que hará viajar palabras de amor, o un abrazo a mi propio ego. Cuando puedo decir menos, lo que digo es auténticamente mío, auténticamente deseado.
Ni cantidad, ni calidad. Autenticidad e intención.
Hasta la edición que viene,
Juana
Links Útiles
Todo Nuestro, Todo Suyo: talleres de Escritura, Mentorías Individuales, Recursos Gratuitos y más.
Catálogo completo de Todas Nuestras Palabras (2021-2024)
Comprá el libro de Juana, Tu amiga, la escritura (desde cualquier lugar del mundo!)
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