Antes de empezar
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Tres clichés y un patrón
No me recuerdo rebelde. Sí histriónica, extrovertida, desfachatada, pero la desobediencia no fue algo que haya practicado de niña. Si desafiaba límites, era más por curiosidad que por un amor a las travesuras. La idea de romper las reglas me resultaba al mismo tiempo aterradora e indiferente. No le encontré, hasta mucho más tarde en mi vida, un sabor particular en ir contra la corriente.
Siempre fui una niña buena. No es que esté tirándome flores, es que por mucho tiempo identifiqué que ese tenía que ser mi núcleo, mi norte, la palabra que definía mi persona y marcaba en qué actitudes podía caer y en cuáles no. Es un cliché pero también es acertado decir que todo esto cuadró muy bien con mi condición de primera nieta y primera hija, hermana mayor de dos niños que siempre se sintieron a gusto saliéndose de lo preestablecido. No hubo nunca una decisión concreta de seguir las reglas, sino una comodidad que no se me ocurrió, hasta entrados mis veintes, cuestionar. Si el sistema que rige el mundo me recompensa por hacer aquello que igual quiero hacer, ¿por qué no hacerlo? Así fue cómo empecé a estudiar apenas terminé la escuela, conseguí un trabajo de profesora al año siguiente, esperé años para probar la marihuana, regalé besos pero no sexo, consistentemente siendo eso que —yo asumía sin que nadie me lo hubiese dicho— se esperaba de mí.
No fue fácil despegarse de mi cómoda obediencia. Cuando por fin logré conectar con el placer de decir que quería hacer las cosas de una manera diferente al resto, no fue necesariamente porque me permití abandonar mi mandato de bondad, sino porque mi idea de bondad cambió. El segundo cliché de este texto es que fue la identificación con el feminismo lo que me hizo repensar mi forma de ver el mundo. De pronto las actitudes naturales de algunas personas con las que me había vinculado por tantos años empezaron a resultarme cuestionables. Los hombres que habían marcado mis preconceptos de qué era deseable y qué no se desdibujaron frente a mis ojos. Los chistes dejaron de causarme gracia, la ropa dejó de resultarme cómoda, las conversaciones dejaron de resultarme interesantes. Me teñí el pelo de blanco, de violeta furioso, de plateado elegante, de un gris extraño, algunas veces de rosa, jamás de verde pero no fue necesario porque después de tantos cambios mi pelo llegó a ese tono por sí solo. Me empecé a vestir casi exclusivamente de negro con salpicones de blanco, a veces un rosa irónico. Para que no se me acercaran tanto, entiendo ahora, porque la sensación que habitaba detrás del entusiasmo y el enojo era miedo. Para transmitir que, si bien yo existía dentro de un cuerpo que determinaba mi lugar en un sistema, ese sistema no me gustaba. Para que se enteraran aquellos que habían conocido a esa versión de mí que tan cómodamente había habitado sus rangos que las cosas habían cambiado. Que yo había cambiado porque había entendido cosas que hasta entonces se me habían escapado, y que ellos también podían cambiar, si querían. Porque la integridad ya no era aspirar a una vida tradicional con dos hijos y una casa con jardín, y la bondad poco tenía que ver con asentir sin cuestionarlo. Una mujer buena era aquella que se ponía del lado de las mujeres y en contra de cualquiera que intentara atentar contra su bienestar y su libertad.
Como yo no era la única niña buena transitando este despertar, a los pocos años dejó de ser necesaria la resistencia constante. Había conversaciones instauradas, leyes promulgadas, enteros círculos sociales rotos y reorganizados. El cambio de identidad había sido tan insistente que ya nadie me pedía que fuese esa que había sabido ser. Sabían que yo era esta, la que había dejado atrás rituales de conquista típicos, modas complacientes, sueños de cajas de cereales. Con este nuevo espacio en mi vida, pude empezar a soñar con aquellas vidas que solo me había imaginado al pasar. Empecé a mostrar lo que escribía abiertamente, ya no al puñado de conocidos que tenían acceso a mis redes, sino a todo aquel que quisiera leerlas. Aprendí rápido que esas personas eran más de las que imaginaba. Se multiplicaron exponencialmente cuando cumplí el sueño más grande de todos, el vuelo del nido que por tantos años me había prometido a mí misma. Instalada en Londres, viviendo experiencias que tardaría años en entender, procesar y apreciar como merecían, vi crecer un mundo de gente dispuesta a leer lo que tenía para decir.
Cuando se cerró el mundo en 2020, esa rebeldía que había practicado durante mis años con el pelo de colores reapareció, esta vez acompañándome a llevar una vida por fuera de un sistema laboral incómodo e ingrato. Éramos muchas las que estábamos llevando esta vida. Siendo nuestras propias jefas, eligiendo nuestro propio destino, creando las reglas de un juego que por fin nos permitía ganar. A mí siempre me gustó escribir sobre el amor, los árboles, el arte y la nostalgia, pero en este starter pack ajustado me permití insertar mi nueva veta de trabajadora independiente. Creo que supe retratar esta época sin filtros románticos, dándole palabras a la ansiedad que nace cada mes cuando se establece la pregunta de la propia subsistencia, reconociendo que por momentos sentirse observada era más complicado que placentero, reconociendo mi suerte sin disfrazarla de puro esfuerzo y talento. Pero hoy, sabiendo lo que siguió, me consta que fue una época cándida, extremadamente inocente, en la cual creía que las cosas solo podían mejorar, que siempre estaba a dos pasos de poder convertir mis decisiones en un estilo de vida que me permitiera más que sobrevivir. Estaba viviendo un sueño del que eventualmente iba a tener que despertar, creyéndole a aquellos —pero casi siempre aquellas— que me decían que había un futuro para mí, que era posible construir algo estable por fuera de cualquier sistema preestablecido, que si tan solo lo creía con la suficiente determinación estaba en mis manos lograrlo.
Las cosas cambiaron cuando me puse en pareja. No tanto por el amor —aunque el amor cambia una vida por completo, sobre todo los proyectos a futuro y las decisiones financieras que uno tiene que tomar para alcanzarlos—, sino por el espacio mental que se había abierto al haber resuelto la gran duda de mi existencia entera. Ya sin necesidad de usar mi tiempo para preguntarle al Tarot por qué un músico de un metro y medio no me llamaba por teléfono, empecé a preguntarme a mí misma qué era lo que estaba haciendo con mi vida. Hoy entiendo que ese fue el año más complicado de los últimos diez. Un año de sentirme incómoda en el lugar en el que yo misma me había puesto, conflictuada al sentirme parte de un grupo de gente que promocionaba servicios que cada vez se entendían menos, celosa de aquellas que podían venderse cómodamente prometiendo resultados que yo sabía eran imposibles. Una vez más, la desobediencia apareció para darme un alivio. Me pasé incontables semanas desmenuzando este mundo del que ya no quería formar parte, señalando sin vergüenza y textualmente los discursos que yo sentía estaban destruyendo lo que el espectador común entendía como aceptable. El real dueño del destino de un freelancer es el cliente, las redes sociales obligan a creadores con integridad a inventar cosas en las que no creen para poder seguir recibiendo atención, el curso que te enseña a vender cursos es una estafa piramidal, esa influencer no es tu amiga, el arte no es contenido, si pasás más tiempo pensando formas de promocionar tus ideas que trabajando en ellas es porque el autobombo te arruinó la cabeza.
Sé que quemé puentes. Personas que hasta entonces habían tenido tratos amables conmigo me dejaron de seguir, personas con las que me había sentido cercana se borraron de mi lista de lectores, lectores que habían disfrutado descubrir sobre mis procesos personales y mi vínculo con la escritura dejaron de abrir mis correos. No los culpo. No me culpo a mí pero sobre todo no culpo a esta gente. Yo tampoco toleraría que alguien que conozco periféricamente use mis propias frases para cuestionar lo que yo hago, sin siquiera mencionarme. Yo tampoco seguiría sintiéndome cercana de alguien que vaya uno a saber por qué dejó de sentirse inspirada por mi contenido y pasó a criticarme sin vergüenza. Yo tampoco seguiría leyendo a una mina que elige trabajar de lo que le gusta y después se queja. Quemé puentes pero siento que fue necesario. Si lo hubiese hecho de una forma más blanda, más amable, más diplomática, quizás me hubiese resultado más fácil volver a habitar ese mundo. Pero mi enojo palpable en esas misivas de hace ya tres años me detiene cada vez que pienso en la posibilidad de inventar un taller en el que no creo para conseguir plata que podría conseguir más dignamente en otro lado.
Hoy casi no promociono lo que hago, porque es muy difícil explicar lo que uno hace sin caer en dar promesas vacías, y la idea de vivir de la plata bien ganada de alguien más a quien logré mentirle con éxito me haría sentir peor que cualquier ansiedad financiera. Hoy tengo un puñado de alumnos a las que veo cada semana, a los que ya no les pregunto si quieren continuar en el taller porque sé que disfrutan el espacio tanto como yo. No hay necesidad ni expectativa de un resultado. Jugamos juntos, logramos en conjunto crear relatos que en un taller dinámico de veinte personas jamás habrían sido posibles. Cierro mi computadora cada martes con el pecho lleno de orgullo por saber que escritores tan talentosos como ellos me están dando el honor de acompañarlos en su proceso. Hoy necesito de otros trabajos para poder pagar el alquiler, pero ya no me pregunto si estoy haciendo las cosas bien. Sé que un proyecto como el mío jamás podría ser masivo sin desdibujarse, sé que un ingreso pasivo me robaría la posibilidad de darle mis ideas frescas a otro artista, sé que el éxito de aquellas que todavía se definen como creadoras empoderantes dueñas de su destino no tiene nada que ver conmigo y lo que yo elegí hacer con mi vida.
Se notará ahora un patrón en el texto, uno que se replica en mi vida. Cuando desaparece aquello que coloniza mi mente, aparece un espacio nuevo que puedo llenar con algo que realmente me enciende. Cuando dejé de evangelizar sobre feminismo, pude empezar a soñar con escribir en serio. Cuando dejé de obsesionarme con el amor, apareció la posibilidad de cuestionar mis palabras y mi futuro. Cuando supe que había dicho todo lo que pensaba sobre el nuevo mandato de autogestionar una existencia, volvió a mí una escritura más honesta. Hoy ya no escribo para miles de personas desde la desobediencia que necesita señalar con el dedo todo lo que no es. Hoy escribo para nadie en mi computadora, desde el placer de aquel que sabe que lo único que necesita para llegar al final de una historia son sus propias manos. Hoy escribo cada semana para los últimos restos fieles de aquellos lectores que eligen acompañar mis palabras. No recibo más flores que las de mi madre cuando se pone al día con las ediciones acumuladas, y no me molesta que así sea. Hoy escribo lo que quiero escribir, y no lo que siento que necesito poner en palabras para encontrar, a lo largo del texto, quién soy en oposición a otros.
Hace rato dejé de ser una niña buena, pero tampoco me identifico con las rebeldes del mundo que realmente transgreden. Llevo una vida bastante típica, cultivo gustos que pueden ser muchas cosas pero no originales, llevo un rol flexible pero bastante tradicional dentro de mi relación heterosexual. Quizás es porque hice los suficientes cambios en los últimos diez años como para poder sentirme cómoda en mi realidad sin tener que luchar todo el tiempo contra ella. Quizás es que tengo la suerte de que el sistema funcione a mi favor. Intuyo que es una mezcla de ambas cosas. Lo que sé es que la desobediencia siempre está cerca, haciendo su propia vida como a ella le gusta pero lista para saltar a mi defensa si lo necesito. Sería arrogante pensar que cubrí mi cuota de despertares, que ya no me quedan decepciones por delante, que no va a ser necesario patalear ni una vez en las décadas que ojalá tengo por vivir. Pero no quiero que me domine. No quiero ser en respuesta a aquello que no soy. No quiero escribir solo para señalar con el dedo. No quiero identificarme con la destrucción de lo que sé que no me representa. Quiero podes escribir historias frescas, poemas honestos, ensayos curiosos. Quiero poder traspasar la rebeldía y preguntarme qué hay del otro lado, esperando que lo vea.
Juana Riepenhausen, o Juana.txt, es la autora del libro Tu amiga, la escritura y la directora de la escuela online de escritura Todo Nuestro, Todo Suyo. En Borrador es su espacio de exploración.
Me desobedeciste deliberadamente, Simba
No recuerdo la primera vez que mentí, pero sí la primera vez que me descubrieron. Fue, también, la primera y última vez que me rateé de una clase. Tendría unos 15 años y era una alumna ejemplar, responsable, estudiosa, y ante todo, honesta. Honesta en la escuela y con mis padres. No faltaba nunca a la escuela ni a inglés –mis dos obligaciones– y mucho menos sin pedir permiso, como sí hacían mis amigas. Será porque nunca tenía un lugar mejor al que ir, ya que en el pueblo no hay demasiada diversión, o que mi mamá era profesora en mi escuela y en el pueblo la conocían todos, que el plan nunca se me cruzaba por la cabeza. Pero una tarde de septiembre me olvidé de esos dos motivos clave y falté a mi clase de inglés por quedarme en el cumpleaños del chico que me gustaba.
El plan fue propuesto por mi mejor amiga. Habíamos ido juntas al cumpleaños del chico en cuestión, yo después me tenía que ir sola a inglés, para luego reencontrarnos con ella en la clase de danzas árabes. Mi amiga –faltadora recurrente– me propuso que no vaya a la clase, para quedarnos un rato más ahí y luego ir a danzas juntas. La idea me pareció fantástica, no tenía fallas, yo ya había salido de mi casa y me irían a buscar a árabe a la hora de siempre. Nadie se enteraría donde estuve en el medio.
Todo venía bien. Yo disfruté de una hora más en el cumpleaños, pero estaba por terminar el día hubo un obstáculo que cambiaría el curso de mi plan. Fuimos con mis padres al almacén de la esquina de mi casa a comprar algo para la cena. De pronto, el pánico me invadió el cuerpo. La profesora de inglés –a quien nunca me había cruzado en mi barrio– había entrado al almacén y estaba saludando a mi mamá –en ese entonces profesora de su hijo– muy cálidamente.
Sentí en ese momento cómo se me bajaba la presión, la presión de la mentira que estaba a punto de aplastarme, y yo no podía hacer nada contra ello. Lo aparté a mi papá y le dije que me sentía mal. Él, viéndome pálida, se preocupó por mi salud. Le confesé en ese momento que la mujer con la que mi mamá hablaba era mi profesora, y que yo ese día había faltado. Le escupí mi verdad como si la velocidad pudiera evitar algo. Él me aseguró que todo estaría bien tomándome del hombro como siempre hacía y nos acercamos juntos a saludar.
Lo que siguió fue un confuso episodio en el que la profesora me delató sin querer, yo era tan cumplidora que ella ni se imaginaba que me podía haber rateado, pero esta parte ya no es la importante.
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Me desobedeciste deliberadamente, Simba dijo Mufasa luego de que su hijo se escapara al cementerio de animales con Nala. Algo parecido me habrán dicho a mí (a mi padre le gustaba mucho citar esa frase). Pero yo no solía ser desobediente, de hecho, la obediencia era una cualidad que yo tenía siempre muy presente.
El otro día les conté esta historia a un grupito de alumnas, empezamos hablando de qué tan buena alumna era yo en inglés –la materia que ahora enseño– y enseguida se me vino esta anécdota. Por supuesto que la maquillé un poco, no quería que mis alumnas adolescentes tomen mi desobediencia como un ejemplo a seguir, así que enfaticé mucho el hecho de que yo era una persona muy obediente, y que esto había sido simplemente un desliz de un día. Mi idea era contarles que aunque no disfrutaba mucho ir a inglés, iba igual porque sabía que era importante para mi futuro.
Para mi desgracia me gusta mucho hablar, es la forma que encuentro para conectar con ellas, así que ya les había contado de la vez en la que fui de las pocas que desobedeció en un campamento de la escuela, quedándome con el celular cuando no nos dejaban tenerlo. Esta anécdota es menos interesante, y la idea acá era también dejarles una enseñanza más allá del chisme. Ellas se están por ir de campamento y creen que la mayor desgracia que podría sucederles es que les saquen el celular. Obviamente mi historia no solo no ayudó, sino que hizo que una de ellas me dijera “profe, al final no eras tan obediente como decías”.
Sofía Dómine Fantasía escribe desde que tiene memoria. Coordina el taller de escritura La Ronda de los sábados en la escuela online de escritura Todo Nuestro, Todo Suyo y el taller La Ronda de Mamis.
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Me resulta contranatural hacerle promoción a lo que es efectivamente un diario, por eso no mando extractos semanales, pero soy consciente de que mucha gente piensa que dejé de escribir, solo porque no lo recibe en sus casillas.
Esto es un poco de lo que estuvo pasando estas últimas semanas:
Carta de la editora
Con esto llegamos al final del penúltimo newsletter del año. Cuando volvamos a encontrarnos, se habrán caído las hojas de este lado del mundo, y quedará un puñado de semanas para que termine el año. Un año que seguramente tendrá muchas menos palabras escritas que todos los anteriores, pero que me deja conforme con cada punto, cada coma, cada idea. Un año en el que no me sentí con la necesidad de recurrir a la desobediencia ni una sola vez.
Mi deseo, para el que esté leyendo, es que esta segunda mitad de su año también se desarrolle en armonía con lo que eligen ser, y no en respuesta a lo que saben que no son. Que cada uno de nosotros pueda poner en el mundo el resultado de ideas encendidas. Que lo primero que salga de nuestras manos sea un reflejo de un deseo propio. Que la necesidad de señalar, justamente o no, el daño ajeno no nos robe el tiempo para darle un lugar a lo mejor de nosotros.
Hasta la edición que viene,
Juana
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