No soy buena para recordar las primeras veces, sobre todo aquellas que solo cobraron importancia con el tiempo. Mi amiga Victoria siempre decía que nuestra primera conversación había girado en torno a lo que yo me había puesto ese día. Estábamos cursando el cursillo aburrido que nos habían obligado a hacer antes de empezar la facultad, y a ella le había llamado la atención verme con un vestido. “Eras la única que no tenía puesto un jean o pantalón, y me pareciste interesante,” me dijo más adelante. Es una historia linda pero no es más que eso para mí, una historia. No es un recuerdo porque no puedo acceder a ese día o esa conversación. Me acuerdo del chocolate que comimos la primera vez que fui a su casa y de la ropa que teníamos puesta la primera vez que festejamos un cumpleaños juntas porque para ese entonces ya la quería mucho, pero nuestra primera conversación, antes de hacernos amigas, jamás se imprimió en mi memoria.
Hay algunas excepciones a esta regla. La primera vez que leí algo que me hizo sentir ganas de escribir —esa conversación entre Felix y Annie en NW, de Zadie Smith, una tarde de primavera en el Parque España—, la primera vez que vi Titanic —en la casa de mis tíos, en el campo—, la primera vez que le presté atención a los edificios de Boulevard Oroño —una tarde de otoño, con mi papá, yendo a ver un partido de rugby—. Si busco una relación entre estas situaciones, llego al arte. Cuando algo conmueve mis sensibilidades, su importancia se hace obvia. No necesito dejar que la historia se desarrolle, esperar a una repetición que le dé significado a ese acto que acabo de vivir. Es esa primera vez, tan innegablemente impresionante, la que marca que habrá próximas, y se imprime en mi memoria para siempre.



