Antes de empezar
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Un regalo reticente
Todavía era 2025. El fin de año se anunciaba en cada hoja que se caía de los árboles y mis manos habían empezado a hacer ese truco al que ahora estoy acostumbrada: la sangre deja de circular, el tacto se pierde, la movilidad se limita. Hacía frío y yo estaba cansada y entendí que durante el año siguiente, ese cuya mitad estoy pisando ahora mismo, iba a necesitar un descanso. Cinco newsletters, ni uno más ni uno menos. Elegí las fechas y designé las temáticas. Cruzando el umbral de julio, llegaría el momento para escribir sobre la pausa. Esperaba que fuese un recibimiento, una invocación. Después de seis meses de trabajo, podría darme el lugar de frenar.
La pausa, en realidad, terminó llegando mucho antes. En las semanas previas a las fiestas acepté un trabajo nuevo, a medio tiempo, que empezaría en enero. Dejar de ser absolutamente dueña de mis horas para dárselas a una nueva responsabilidad necesitaría de un periodo de transición, así que me reservé las primeras semanas del año para revisar mis rutinas y entender esta nueva energía. En febrero, decidí, volvería a escribir. Pero febrero empezó con mi hombro quebrado, un cabestrillo que solo me podía sacar para dormir y un reposo ayudado por calmantes. No me llevo bien con las drogas fuertes, lamentablemente. Algunas personas me decían que disfrute cada pastilla, que era lo único que habían rescatado después de una operación o accidente, pero yo solo sentía que el cuerpo me pesaba, los pensamientos giraban en espiral sobre un centro oscuro y el sueño me llamaba a todas horas del día. Todo entró en pausa: escribir, salir de noche, hacer ejercicio, jugar con el perro, leer, incluso mirar televisión.
No importa, me dije. Son seis semanas, largas pero finitas al fin y al cabo. Cuando pude emerger de la inmovilidad y el sopor, volví al gimnasio, al parque, a los libros, a las noches en el pub, pero no pude volver a escribir. Todas las semanas mandaba una carta escueta al puñado de lectores fieles que sigue apostando por la versión paga de este newsletter, pero escribir sobre mí no es mi forma de escritura favorita. Escribir, con E mayúscula, es la ficción, esa bestia que intento domar hace más de diez años, y a la que no pude siquiera acercarme en los últimos meses. Entendí, tarde pero lo entendí, que quizás este no era el año para mí. Sí, tenía por fin la combinación perfecta de tiempo libre y paz mental (no tener que preocuparme por cómo y cuándo se podrán pagar las cuentas fue una liberación que esperé por siglos), pero no tenía eso que siempre me había permitido convertir una idea en una historia. Es indescriptible, ese algo. A veces es energía, a veces es entusiasmo, a veces es imaginación, la mayoría del tiempo es todo esto combinado, con una dosis fuerte de curiosidad incluida. Cuando conseguía hacerme con alguno de estos elementos, los demás se me escurrían. Tenía ganas pero no tenía ideas, tenía curiosidad pero no tenía fuerza. Será este un año de barbecho, decidí, y escribí sobre esto. Pero cuando solté la intención de volverme a acercar a las palabras, ellas aparecieron.
No fue un reencuentro directo. Primero apareció una oración, sencilla pero fuerte, que me regaló algunos días escribiendo el comienzo de un proyecto de no-ficción con el que venía soñando hacía años. Después mis manos aún congeladas, incluso en la primavera, sacaron del cajón ese bloque de hojas impresas que me había prometido releer y corregir, para poder por fin embarcarme en la próxima versión del manuscrito que empecé a escribir en 2021. Pero estos intentos duraban días, una semana como mucho, y cuando por fin volvía a sentirme cerca de ese flujo de inspiración y producción que definió tantas etapas de mi vida, la combinación mágica de factores se caía. Fue la lectura la que me salvó cada vez. Por primera vez desde mi adolescencia, volví a leer como lectora. No le pedí a los libros que me dejaran algo, me hicieran mejor escritora, me transmitieran por ósmosis el talento de aquellos que saben. Que los libros sean libros, portales a mundos diferentes y túneles a mi mundo interno, si sucede, pero libros al fin y al cabo. Dos tapas, preferentemente blandas porque son más fáciles de agarrar, y un puñado de hojas impresas con tinta negra. Algo que sostener, algo a lo que sostenerme, aunque sea por un instante.
Fue gracias a la lectura que volví a escribir ficción. Después de terminar una de las novelas más comentadas del año, sentí en mi boca el sabor amargo de los celos. No por el éxito de la autora, tampoco por su talento a la hora de contar una historia, sino por el claro disfrute que se notaba ella había encontrado en el proceso. Esta novela era liviana, divertida, ridícula, exagerada, camp. Una novela que se lee así fue, seguramente, escrita así. La podía ver a esta autora riéndose con sus propios chistes, dejándose perder en los mundos visuales que ella misma había inventado, dejándose llevar por los giros desequilibrados de sus personajes más polémicos. Yo quiero esto, me dije. Yo quiero tener una historia que no me pese, que no contenga toda la tristeza del mundo, que me anime a hacerme preguntas sin que me duela la respuesta. Una historia diametralmente opuesta a la oda al duelo que vengo trabajando hace ya cinco años. Cuando pude admitir este deseo, las ideas aparecieron casi al instante. Recordé un disparador para un cuento que había dejado en las notas de mi teléfono y lo dejé colgado en la pizarra mental que guardo para mis inspiraciones más presentes. Una tarde, mientras daba clases frente a la computadora, este disparador se conectó con un contexto que viene interesándome hace años. Después siguieron los personajes, dos principales y uno transversal que cambiaría el curso de sus vidas. Cuando supe esto, se materializó la primera oración. Me senté a escribirla en mi teléfono viajando al trabajo. Media hora más tarde, tenía una escena inicial.
Me cuido de decir que este proyecto será, efectivamente, la cuarta novela que me tocará escribir. He tenido muchas más que cuatro ideas y no es la primera vez que escribo un primer capítulo que termina muriendo en el camino. Pero a diferencia de esos proyectos que hoy son recuerdos —mi amiga Natacha sigue sin perdonarme por no haber seguido ese thriller que empieza en una cancha de fútbol— este está avanzando a un ritmo frenético. Cada día logro poner más palabras en la hoja que las que acumulé en los primeros tres meses del año. A este ritmo, quizás tenga un primer borrador —terrible, como todos los primeros borradores, pero necesario— cuando mi contrato temporal se termine en septiembre. No sé qué será de mi situación laboral después de esa fecha y sé que la incertidumbre puede hacer estragos en mi relación con la escritura, así que me apremia aprovechar este verano luminoso. Con las dudas de siempre, me permito hacerle lugar a la ilusión de que quizás pueda llegar a poner el último punto antes de que la bestia se me escape.
Visto desde afuera, este año fue mucho más proactivo y lleno de sucesos que algunos anteriores, pero dentro mío todo estuvo en pausa. Entiendo ahora que fue un descanso necesario, que mi alma necesitaba reagruparse después de seis años de rebuscármela, un año y medio cuidando a un familiar con demencia senil y nueve meses entrenando a un perro hiperactivo. Y como todo lo que escribo sale, aunque me dé pudor admitirlo, de mi alma, tiene sentido que las palabras no hayan tenido lugar hacia el cual salir. Me cuido, sin embargo, de atribuirle la fluidez de mis ideas actuales a esa pausa que me permití tener a principio de año. Entiendo que es parte del discurso actual enmarcar al descanso como condición necesaria para poder explotar en productividad más adelante, pero personalmente me gusta apreciar a las cosas por lo que son. El café porque es rico, el perro porque es simpático, la pausa porque es amable.
Mi pausa fue un regalo. Fue periodo que sufrí solo por mi terquedad, y aprendí a disfrutar una vez que acepté su presencia. Es una coincidencia que se haya terminado cuando le di la mano y sé que puede volver en cualquier momento sin anunciarse con anticipación. Cuando lo haga, será mi misión recordar que no es mi misión ahuyentarla, que la pausa llega porque sabe que la necesitamos, que no viene a traer nada más que los frutos de su propia presencia: una oportunidad, un permiso, un abrazo.
Juana Riepenhausen, o Juana.txt, es la autora del libro Tu amiga, la escritura y la directora de la escuela online de escritura Todo Nuestro, Todo Suyo. En Borrador es su espacio de exploración.
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Me resulta contranatural hacerle promoción a lo que es efectivamente un diario, por eso no mando extractos semanales, pero soy consciente de que mucha gente piensa que dejé de escribir, solo porque no lo recibe en sus casillas.
Esto es un poco de lo que estuvo pasando estos últimos meses:
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Carta de la editora
Me había olvidado que esta era una sección de este newsletter, y no pensé en nada para escribir. Lo más auténtico que puedo decir es que siempre me alegra estar acá, sobre todo ahora que no me obligo a hacerlo seguido. Ojalá se disfrute también del otro lado.
Hasta la edición que viene,
Juana
Links Útiles
Todo Nuestro, Todo Suyo: talleres de Escritura, Mentorías Individuales, Recursos Gratuitos y más.
Catálogo completo de Todas Nuestras Palabras (2021-2024)
Comprá el libro de Juana, Tu amiga, la escritura (desde cualquier lugar del mundo!)
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